Por José Manuel Nieto Jalil
Artículo de Opinión

En los últimos meses hemos sido testigo de manifestaciones en contra del uso de mascarillas, en contra de las medidas anti-COVID 19, planteando que debe de existir la libertad de pensamiento, y para cerrar existen grupos de supuestos médicos, psicólogos, políticos que denuncian que la pandemia es el movimiento de un Nuevo Orden Mundial. Entre sus declaraciones más importantes refieren que la vacuna es un gran experimento de ingeniería genética, otros afirman que la pandemia o el virus no existe que sólo es una maniobra de poderes ocultos e incluso que es una conspiración de Bill Gates para vender vacunas y dominar al mundo.

¿Hasta qué punto puede ser cierto que nos estén engañando y que en este gran engaño participen cientos, miles de científicos, gobiernos y algunos líderes mundiales de todo el planeta?

Consultando el Centro de Ciencia e Ingeniería de Sistemas de la Universidad Johns Hopkins (https://systems.jhu.edu/), reportan, hasta el día martes 3 de noviembre, (12:48 hora Ciudad México), un total de 47,370,241 contagios; 1,208,654 muertes en el mundo y 190 países con casos de coronavirus. Particularmente México ocupa el décimo lugar en números de casos y el cuarto lugar de fallecidos en el mundo.

Hoy por hoy, también existen grandes grupos negacionistas que niegan la realidad del cambio climático causado por la actividad humana; que rechazan la eficacia de las vacunas, o la existencia de epidemias, o incluso que el ser humano haya llegado a la Luna, por citar algunos ejemplos, y lo difícil de esto es que hay quienes lo creen con vehemencia.

En la actualidad, existen grupos o corrientes de pensamiento que niegan la existencia del virus independientemente de los números que acabamos de mostrar. Esta línea de pensamiento considera que una élite poderosa está aprovechando la crisis para instaurar un Nuevo Orden Mundial.

Según ellos, políticos y grandes corporaciones (especialmente farmacéuticas y medios de comunicación) forman parte de un plan oculto maquinado para engañarnos y aumentar su cifra de negocio o el control sobre nosotros, y está generado una corriente que está en contra de las medidas tomadas por las autoridades de salud y los gobiernos de los diferentes países, ya que consideran que detrás de la pandemia hay una conspiración global para controlarnos.

El peligro de la desinformación

Entre los ejemplos más destacados de desinformación creada o publicada en las redes sociales como WhatsApp, Youtube, etc., se encuentran la diseminación de noticias falsas, videos y textos atribuidos a expertos de salud con las más diversas teorías sobre una invención de la epidemia que tendría intereses oscuros detrás. Ante esta situación, podemos decir que la desinformación podría actuar como los “árboles” que no nos permiten observar el panorama general, es decir “el bosque”.

Adicionalmente, está la difusión de noticias como: el virus no existe; las mascarillas no sirven y lo que hacen es provocar infecciones y otros males como la hipoxia; las cifras de rebrote son falsas; nos han transmitido el COVID-19 a través de la vacuna de la gripe; el coronavirus es una guerra biológica entre potencias, la tecnología 5G provocó el virus; el virus fue diseñado en un laboratorio, etc., son las noticias que repiten estos grupos negacionistas. Adicionalmente, algunas teorías hacen referencia a que las vacunas están diseñadas para producir esterilidad y así bajar el peligro de la superpoblación, o las más atrevidas que hacen referencia a que las vacunas tienen microchips que permitirán rastrear a cada individuo en todos sus movimientos.

Desde mi punto de vista, las corrientes negacionistas contra el COVID-19 se han convertido en una amenaza social al hacer llamamientos a desobedecer las medidas para evitar los contagios por coronavirus.

“La censura del siglo XXI ya no consiste en restringir la información, sino en inundarnos de noticias falsas”.

El éxito relativo que están alcanzando los grupos antivacunas y negacionistas radica en que nos muestran en sus mensajes un panorama con muchos asuntos atractivos, tales como el cuestionamiento del papel de las grandes farmacéuticas y de los gobiernos, así como hablar de las libertades civiles o de la libertad de elección, temas muy atrayentes en los momentos en que muchos negocios o empresas prácticamente están paralizados.

Por otro lado, según ha declarado la Organización Mundial de la Salud (OMS), el brote de COVID-19 y la respuesta correspondiente han estado acompañados de una infodemia masiva, es decir, de una cantidad excesiva de información, (en algunos casos correcta, en otros no) que dificulta que las personas encuentren fuentes confiables y orientación fidedigna cuando las necesitan.

El uso de la pseudociencia por estos grupos está basado en presentar afirmaciones, creencias o prácticas como si fueran científicas y reales, pero que son totalmente incompatibles con el método científico. A menudo se caracterizan por el uso de afirmaciones vagas, contradictorias, exageradas. Usualmente poseen muy poca o nula disposición por parte de sus seguidores a aceptar evaluaciones externas de expertos.

El panorama real

Hoy por hoy, asistimos a una de las mayores pandemias de nuestra historia reciente y el conocimiento médico basado en la evidencia científica es la única vía para hacerle frente con garantías. Entre las evidencias más contundentes de la existencia del coronavirus podemos citar las muestras realizadas en miles de pacientes y la obtención del genoma del virus, miles de fotografías realizadas por microscopía electrónica, los estudios genómicos que se pueden consultar o agregar a la base de datos abierta para investigadores “Gisaid.org”. Finalmente, en la liga “Nexstrain.org” usted puede encontrar estudios acerca de la evolución del coronavirus.

Adicionalmente, el virus aislado de pacientes se ha cultivado en cultivos celulares, se ha ensayado en varios modelos animales, al menos en macacos, hámster y ratones, en los que se ha reproducido la enfermedad, se ha analizado la respuesta inmune específica que genera, se ha estudiado el modo de transmisión en animales y se ha recuperado incluso el virus de los animales infectados. Se ha hecho un esfuerzo laborioso por investigar este virus y buscar tratamientos y vacunas en laboratorios de todo el mundo.

Consultando la evidencia

En paralelo a estos resultados podemos decir que científicos de todo el mundo llevan meses investigando el COVID-19 y el SARS-CoV-2 de forma independiente y publicando artículos sobre ello, hasta tal punto, que se ha producido un exceso de publicaciones y los investigadores no se dan abasto para leerlas.

Según la base “Semanticscholar.org”, existen 138,000 artículos sobre “COVID-19”, incluyendo prepublicaciones. Por otro lado, “PubMed” reporta 70,428 artículos indexados bajo la búsqueda “COVID-19” y 41,735 bajo “SARS-CoV-2”. Finalmente, la “Web of Science” reporta 46,340 artículos bajo la búsqueda “COVID-19”. Entre todos ellos hay decenas de miles de experimentos y observaciones con coronavirus en tejidos, aerosoles, cultivos, animales o pacientes, así como secuencias genéticas o fragmentos de los propios virus.

Finalmente, diversas sociedades médicas y científicas han lanzado advertencias alertando a los ciudadanos acerca de las consecuencias de los bulos y noticias falsas para que no den credibilidad ni difusión a esas teorías contra la pandemia. Esas noticias falsas podrían ser tan o más letales que el propio coronavirus por lo que se hace un llamamiento a la responsabilidad colectiva para no dar difusión ni otorgar veracidad o credibilidad a teorías acientíficas, conspiratorias y oscurantistas. La situación es especialmente apremiante cuando la contención de la epidemia depende en gran medida de que la población adopte medidas de higiene, mantenga la distancia, se ponga la mascarilla o decida vacunarse.

*El autor es director de Mecatrónica en el Tecnológico de Monterrey, Campus Sonora Norte.

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