Por Jorge Ordóñez
Artículo de Opinión

En la actualidad, estamos inmersos en una vorágine en la que enfrentamos cambios sin proporción, la velocidad a la cual las cosas pasan y se transforman son descomunales… y la tendencia es solo a que este ritmo siga en aumento y que transitemos hacia realidades aún más transformadas. Por lo que se puede ver, ya no hay marcha atrás.

Bajo el contexto en el que vivimos, es indispensable que modifiquemos la forma de concebir, comprender y transformar a las organizaciones. El mismo término de organización abierta, flexible y adaptable manifestado en el título, hace referencia a algo que sin duda debe ser orgánico, con vida propia y con comportamientos alusivos a entidades vivas, por supuesto; algo en constante cambio, que se adapta, que evoluciona y que aparentemente no está atado a estructuras rígidas de poca o nula movilidad, aunque en nuestros días sigamos buscando que así sea, utilizando nuestro mejor repertorio de técnicas y conocimientos, que nos empecinamos en seguir aplicando y teniendo vigentes, a pesar de que cada vez dan menos resultados…

Aquellas organizaciones mejor adaptadas, mejor conectadas, son las que están creando y captando valor

“Ser como el agua, fluir, adaptarse…” era una máxima del arte de la guerra, y de Bruce Lee por supuesto, y sin duda esta frase aglutina el modus vivendi que debe premiar en las organizaciones, claro está, si es que quieren aprovechar y beneficiarse de las grandes oportunidades que nos trae el cambio y el contexto actual, donde aquellas organizaciones mejor adaptadas, mejor conectadas, son las que están creando y captando valor, y no solo por el hecho de ser rentables, sino porque están intrincadas de forma simbiótica con su contexto, con su entorno, al cual le aportan valor y lo transforman de igual manera.

Sin embargo, reflexionarlo y decirlo es muy sencillo, pero es necesario contar con una gama amplia y especializada de ciertas capacidades organizativas… capacidades que permitan tal estado de apertura, flexibilidad y adaptabilidad, y que son capacidades que actualmente me atrevería a decir que no se cultivan ni se propician en la gran mayoría de las organizaciones que conforman todos los ámbitos de nuestra sociedad, y que posiblemente aún no hemos diseñado, puesto que requieren de enfoques diversos y multidisciplinarios, y formas de trabajo con las que aún no estamos familiarizados.

Las inercias organizacionales, las estructuras, las técnicas y modelos que prevalecen, son poco receptivos y no están diseñados para transformarse y evolucionar, sino más bien para enquistarse y permanecer; buscan el control y el rendimiento como fundamento. Como bien lo ha dicho Gary Hammel, basamos la administración en herramientas, plataformas, paradigmas, modos y esquemas que fueron creados para organizaciones de la revolución industrial, para organizaciones surgidas en un contexto de cambio, que sin duda dieron pie a lo que existe hoy en día y al nivel de desarrollo que tenemos como humanidad, pero que ya no son vigentes para la actualidad.

Basamos la administración en paradigmas creados para organizaciones de la revolución industrial, pero que ya no son vigentes para la actualidad

Ahora es preciso ver hacia adentro y hacia afuera al mismo tiempo, tener el atrevimiento y el valor de cuestionar las propias creencias, supuestos y paradigmas sobre los que soportamos nuestra organización, decisiones y riesgos; es indispensable modificar estructuras y comportamientos, transformar la cultura y los hábitos, los procesos y las funciones, los recursos y las capacidades; decidir en tiempo real, dialogar con los mercados y las personas dentro y fuera de la organización, labor altamente compleja y que requiere sin duda de enfoques, esquemas, formas, redes, conexiones, diálogos y lo que se nos ocurra…

Con todo lo anterior, se vuelve indispensable comprender los fundamentos que subyacen a tales capacidades, cuestión nada sencilla por supuesto. Las organizaciones tienen que generar formas, procesos y esquemas para desestructurarse, para redefinirse, para adaptarse, para construir una cultura de innovación y cambio, de orientación hacia la creación de valor y de valor compartido, de aprendizaje; capacidad de aprender y descubrir como centro, capacidad de ejecutar y hacer que las cosas sucedan como manifestación del aprendizaje.

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El autor de este artículo es profesor de la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey. Actualmente dirige el Departamento de Gestión y Liderazgo, de la Región Sur. jordonez@tec.mx

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