Por Osmar H. Zavaleta-Vázquez
Artículo de opinión

Las organizaciones llevan algunos años “digitalizándose”, transformando sus modelos de negocio a través de redes, aplicaciones sociales, aplicaciones móviles, el internet de las cosas, la inteligencia artificial y herramientas de análisis, entre otras tecnologías. Este influjo digital en las organizaciones les ha brindado nuevas capacidades y beneficios, como nuevas y mejores experiencias para sus clientes, mayor eficiencia operativa, nuevas fuentes de ingresos, mejor capacidad de respuesta ante los cambios en el mercado, ventajas competitivas, una mayor cultura de innovación, mayor colaboración interna o un análisis más profundo de datos.

Sin embargo, la incorporación de las tecnologías digitales no es el fin sino el medio para que, junto con los modelos de negocio apropiados, las organizaciones generen mayor valor en sus productos y servicios, así como mayor innovación que beneficie a sus clientes y grupos de interés.

En el caso del sector financiero, la transformación digital ha impulsado las fintech o tecnofinanzas, que la escuela de negocios Wharton define como “la industria económica compuesta por compañías que usan la tecnología para ofrecer servicios financieros más eficientes y menos costosos”. A esta definición me permito agregar también la oferta de productos innovadores y de vanguardia que generen valor a sus usuarios.

Si bien las primeras fintech surgieron a mediados de los noventa, el boom se produjo entre 2014 y 2016, periodo en el que nació el 60% de las empresas de este sector, según el BID. De ellas, 25% se han enfocado en el desarrollo de plataformas para captar inversión para financiamiento de proyectos (la mayoría de crowdfunding); otro 25% en la creación de plataformas tecnológicas para pagos y transferencias, y el 50% restante en plataformas de  administración financiera, bancaria y de seguros, y de portafolios de inversión, así como en el desarrollo de activos virtuales como las criptomonedas.

En América Latina, el sector lo encabeza Brasil, con 309 emprendimientos, le siguen México (238), Colombia (124), Chile (75) y Argentina (72), de acuerdo con otro reporte del BID. ¿Cuál es el panorama en México? Si tenemos en cuenta que solo 7% de las Mipymes en nuestro país tienen acceso a algún tipo de crédito, las empresas fintech están contribuyendo de manera importante a su crecimiento y expansión a través del financiamiento colectivo o crowdfunding, ya que, de acuerdo con la SHCP, las empresas fintech en México otorgaron, hasta el primer trimestre del 2017, más de mil millones de pesos en financiamiento y tienen más de 540 mil usuarios activos.

Estos datos ponen de manifiesto el impacto positivo del sector fintech al financiar proyectos productivos que, eventualmente, generarán riqueza y bienestar para la población. Cabe mencionar que éste debe ser el principal cometido de los mercados financieros, es decir, captar los recursos del público inversionista y destinarlos al financiamiento de proyectos productivos. Sin duda, este es el comienzo de una nueva era del sector financiero en México.

Hay quienes consideran al Bitcoin
como una moneda, aunque esta
concepción es equivocada

En relación a los activos virtuales, sabemos que el Bitcoin fue introducido en 2009 como un medio de pago. Hay quienes consideran al Bitcoin como una moneda, aunque esta concepción es equivocada ya que no la emite un banco central, no está regulada y su oferta y su demanda no tiene ningún factor fundamental que respalde su valor, sino que obedece únicamente a la especulación.

En este contexto cabe mencionar que una moneda es un activo aceptado como medio de pago de bienes y servicios y los precios de éstos son fijados en términos de la moneda, lo que la convierte en una unidad de cuenta, además de ser un depósito de valor ya que puede utilizarse para realizar transacciones futuras. Todas las monedas son emitidas por un banco central, por lo que están reguladas y, cuando son de libre flotación, su valor se fundamenta en indicadores económicos como el PIB, las tasas de interés, la tasa de inflación, los niveles de desempleo, la inversión extranjera directa, entre otros factores.

La oferta y la demanda de cualquier activo financiero (una acción, un bono gubernamental, un bono corporativo, un Fideicomiso de Infraestructura y Bienes Raíces -Fibra-, un Certificado de Capital de Desarrollo –CKD-, por mencionar solo algunos) se fundamenta en la creación de valor que ofrece (generación de riqueza y bienestar social, así como cuidado medioambiental) aunque ciertamente las variables del entorno económico, financiero y de los negocios, a nivel nacional e internacional, pueden ocasionar desviaciones de su valor fundamental.

Claramente, ni los elementos que definen a una moneda ni lo que sustentan la oferta y la demanda de un activo financiero están presentes en el Bitcoin.

Solo por poner un ejemplo, las variaciones en el precio del Bitcoin del 16 de octubre de 2017 al 16 de febrero de 2018 muestran que en tan solo 4 meses se incrementó de aproximadamente 5 mil dólares a casi 20 mil dólares, para luego caer a casi 7 mil dólares y luego subir a más de 10 mil dólares. El 30 de mayo de 2018, un Bitcoin valía poco menos de 7 mil 500 dólares. Esta volatilidad se explica en términos de la especulación más que de un fundamento de valor. La magnitud de esta volatilidad, en los últimos 20 años, solamente la puedo comparar con la volatilidad que observamos en la burbuja de  las empresas tecnológicas, a inicios de los años 2000, y con la de la industria inmobiliaria del 2008, originada en Estados Unidos y cuya repercusión fue mundial.

Desde mi perspectiva, el único elemento de valor que acompaña al Bitcoin es el Blockchain (Cadena de Bloques), mecanismo mediante el cual se reconoce una transacción. En virtud de que el Bitcoin fue pensado originalmente como un medio de pago, el Blockchain es la tecnología sobre la que se montó el Bitcoin para minimizar la posibilidad de que un mismo Bitcoin, en posesión de una entidad particular, se utilizara para dos transacciones diferentes. Por ejemplo, si usted tiene un billete de 200 pesos y con éste paga cualquier bien o servicio, en ese momento usted no podrá usar ese mismo billete para otra compra. Este ejemplo sencillo ilustra, de manera general, el principio del Blockchain cuya finalidad, en este contexto, es garantizar que una vez que un Bitcoin se ha utilizado por una entidad particular, ésta no utilice el mismo Bitcoin para otra transacción, sino que este Bitcoin llegue a la otra parte involucrada en la operación.

El principio del Blockchain podría ser de gran beneficio en otros ámbitos, en los que sea necesario garantizar la legitimidad de ciertas transacciones y descentralizarlas. Algunas de estas transacciones las visualizo en el ámbito de la educación, con la finalidad de eliminar la falsificación de títulos o grados universitarios, y cédulas profesionales; en el sector energético de México para administrar la correcta implementación de los Certificados de Energías Limpias; en el sector bancario para garantizar la validez y legitimidad de las transacciones electrónicas; y, en los procesos electorales, para garantizar la legitimidad de las votaciones; por citar solo algunos sectores en los que el Blockchain ayudaría a detonar procesos legítimos, eficientes y descentralizados.

Aunque creo que el fenómeno alrededor del Bitcoin está alimentado únicamente de la especulación, no puedo dejar de reconocer que el Blockchain puede contribuir de manera significativa a la eliminación de la corrupción y a hacer más eficientes algunos procesos, en muchos aspectos de nuestra cotidianeidad.

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El autor de este artículo es director de EGADE Business School, Sede Monterrey. Es profesor investigador del Grupo de Enfoque en Finanzas y Macroeconomía. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores, nivel 1.
ozavaleta@itesm.mx

 

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