Por Anel Torres Rodríguez
Artículo de opinión

¿Cuántas veces hemos escuchado en los discursos públicos, en las juntas de empresas, o leído en algunos documentos, que se dirigen a “los niños y las niñas”, a “todos y todas”?; más aún, ¿cuántas veces nos surge la duda si estas expresiones son correctas o no, si caen en la redundancia o si es adecuado hacer uso de ellas? Hace algunos ayeres la regla era muy clara: utilizar las palabras en género masculino era lo correcto para referirse a todo un conjunto de personas. ¿Por qué la insistencia ahora de nombrar siempre las dos opciones?

Al retomar ideas de diversos expertos en el estudio del lenguaje, nos damos cuenta que coinciden en afirmar que lo que no se nombra no existe. Es así como el “alumnos y alumnas” tan utilizado en diversos contextos actuales, toma relevancia en los aconteceres de nuestra época, en donde a través del lenguaje se busca visibilizar lo que por muchos años se ha dado por hecho.

por mucho tiempo, a través del lenguaje, se ha hablado de doctores y enfermeras, de científicos y maestras

Si analizamos las palabras que desde la cultura se utilizan regularmente en masculino y aquellas que se utilizan en femenino, nos podemos dar cuenta que, por mucho tiempo, a través del lenguaje, se ha hablado de doctores y enfermeras, de científicos y maestras. Se ha creado, a través de las diferentes expresiones, una realidad en donde no existen las doctoras o las científicas; se ha construido una realidad excluyente. Es en este contexto, cuando resulta relevante decirle a las niñas que hay arquitectos pero que también debe haber arquitectas, que existen los ingenieros pero también hay ingenieras. De manera inconsciente se han asignado ciertas profesiones para los niños y otras exclusivamente para las niñas, cuando las habilidades de un ser humano nunca se definen por el género y cada uno debería ser libre de escoger la profesión que más le apasione, y no aquella inconscientemente impuesta por una cultura creada por el lenguaje.

La situación se repite cuando se habla de los roles y comportamientos que cada uno debe tener en la sociedad. A ellos se les ha dicho que “los niños no lloran”, que “los hombres deben ser: fuertes, proveedores y defensores”, y que jugar o usar artículos color rosa es de niñas. Una vez mas, el lenguaje construye una realidad social excluyente, constituida por sesgos inconscientes que limitan el desarrollo y potencial de las personas, en la que la expresión de las emociones son exclusivas de las mujeres y no de los hombres, ¿acaso un hombre no puede sentir tristeza, miedo, amor?. Las emociones son algo inherente a cualquier ser humano y su expresión y amplia comunicación puede llevar a un mejor entendimiento.

Esta realidad sesgada y limitante que se ha creado desde el lenguaje no solo afecta a las niñas

Esta realidad sesgada y limitante que se ha creado desde el lenguaje no solo afecta a las niñas. Cuando hablamos de inclusión generalmente lo primero que pensamos es en visibilizarlas a ellas, tal vez porque es la exclusión más tangible. Sin embargo, son los niños los que, aún con la “visibilización” que el lenguaje les ha dado siempre, han vivido atrapados en estos paradigmas culturales que se transmiten por generaciones a través del lenguaje oral. Imaginemos por un momento una sociedad abierta y segura en la que cada persona pueda expresar sus ideas, emociones y preferencias; en la que cada individuo pueda escoger su profesión y su rol y sentirse feliz.

Como afirma Rafael Echeverría, en su libro Ontología del Lenguaje: el lenguaje crea realidades; desarrolla conceptos de lo que es verdadero y de lo que es correcto. Por ejemplo cuando decimos: ¡te quiero! o ¡acepto! El simple hecho de vocalizar estas expresiones crea una realidad, un compromiso. Luego entonces, si se busca promover una sociedad incluyente se debe hablar de inclusión. Hablar, entender y respetar las diferencias nos lleva a negociar, tolerar y convivir en armonía; nos lleva a popularizar esas palabras que no han sido mencionadas frecuentemente y que deben volverse del uso común.

Hoy en día, existen muchos temas que no se discuten, que no se dialogan y por lo tanto son invisibles. La propuesta de inclusión generalmente se enfoca en el género; sin embargo, nuestro limitado diálogo social ha ocasionado exclusión en otros temas como por ejemplo en el de la edad y la apariencia física; como cuando vemos en el lenguaje audiovisual de la publicidad únicamente a modelos jóvenes con ciertas características. Si se observa detenidamente, falta diálogo sobre temas como origen étnico, ideología, condición social, creencias religiosas y políticas, discapacidad, por nombrar algunos.

Son reducidas las ocasiones en que como parte de la agenda pública se escuchan conversaciones en torno a promover igualdad de oportunidades para los pueblos indígenas, espacios incluyentes para las personas con capacidades diferentes, etc. ¿Cómo se puede lograr una inclusión de todos los grupos si no se habla al respecto, si no se les escucha? Resulta entonces trascendente poner sobre la mesa la discusión cómo debería ser una sociedad tolerante a la extensa diversidad; en donde todos y todas tuvieran voz para expresar sus ideas y existieran condiciones adecuadas para florecer, sentirse seguros y respetados sin importar la historia, la ideología, las preferencias y la condición de cada uno.

El lenguaje es una manifestación de nuestra cultura, de nuestras creencias y valores como sociedad; es a través del mismo que debemos intercambiar ideas y mantener un diálogo constante en torno a las políticas y estrategias para construir una sociedad incluyente, que le dé voz a todos y a todas. Si queremos disminuir diferencias, primero debemos reconocer que existen. Al fomentar un diálogo abierto, que involucre y escuche con empatía a todos los sectores, el tema se vuelve relevante para la sociedad así como para los responsables de impulsar la creación de políticas y presupuestos públicos que garanticen un contexto equitativo y tolerante para una convivencia armónica de la sociedad.

Una sociedad que dialoga y define de manera colaborativa las estrategias que incluyen a todos y todas, es una sociedad fortalecida, y el lenguaje es una herramienta poderosa para lograrlo.

La autora

Anel Torres Rodríguez cuenta con más de 20 años de experiencia profesional y docente en el área de Comunicación. Es apasionada del aprendizaje permanente. Cuenta con Maestría en Administración, Maestría en Lingüística y actualmente se encuentra cursando una Maestría en Comunicación.

Ha participado en cuerpos académicos de investigación y ha obtenido recursos federales para el desarrollo de diversos proyectos, incluyendo la publicación del libro: “La competencia comunicativa, una herramienta para la gente de hoy”.

Actualmente vive en Querétaro y es profesora de la Escuela de Humanidades y Educación del Tecnológico de Monterrey. atorresro@tec.mx

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