José Manuel Nieto Jalil
Artículo de Opinión

La pandemia del COVID-19 sigue presente en el mundo y ha superado el argumento de cualquier película de catástrofe. Las cifras ya superaron los 21 millones de casos confirmados, más de 769 mil muertes en todo el planeta, y cerca de 14 millones de personas recuperadas. Las cifras oficiales de coronavirus en México el pasado sábado 15 de agosto reportaban 56 mil 543 muertos a causa del COVID-19.

Estos datos me hacen recordar el artículo del virólogo Nathan D. Grubaugh, investigador en la Escuela de Medicina de Yale, cuando publicó en la prestigiosa revista Nature Microbiology un artículo explicando que las mutaciones raramente tienen un efecto importante en una epidemia, definiendo estos cambios como una consecuencia inevitable de ser un virus y particularmente en un virus cuyo material genético es el ARN (no el ADN, como los animales o las plantas), tal como le ha estado pasando al virus que produce el COVID-19.

El científico explica que las mutaciones son un aspecto rutinario en la vida de un virus cuyo material genético es el ARN, y que ellos son especialmente indolentes a la hora de hacer copias de su material genético, una operación necesaria para multiplicarse e infectar, por lo que van acumulando fallos, auténticas erratas en sus secuencias genéticas, a las que también podemos llamar mutaciones.

Adicionalmente, destaca que estas mutaciones tienen de su lado la fuerza de los números. Mientras que un humano necesita décadas y mucho esfuerzo para reproducirse, un virus puede multiplicarse en cuestión de horas y además puede replicarse miles de veces en cada célula de una persona infectada. Sin embargo, estos cambios no harán a los virus más letales, puesto que la alta virulencia puede reducir la transmisibilidad del virus, es decir, si un virus deja a una persona agonizante o directamente muerta, es muy probable que el patógeno deje menos descendientes capaces de seguir infectando y que con el tiempo lo más probable es que el virus pierda severidad y se convierta en un patógeno estacional, recurrente cada invierno. La realidad hasta ahora ha sido un incremento de contagios y de fallecidos.

Hoy en día la esperanza de la humanidad está centrada en dos aspectos: la obtención de una vacuna y, la más importante, la capacidad del sistema inmunológico como primera línea de defensa y el único hasta ahora capaz de protegernos contra el virus. Por supuesto muchos centran sus esperanzas en que el sistema inmunológico logre vencer la guerra que se está produciendo entre él y el COVID-19.

El papel del sistema inmune

Hasta ahora no existe conocimiento suficiente de la forma en que responde nuestro sistema inmunológico frente a este virus. Nuestro sistema está formado por una red muy compleja de células de distintos tipos que están interconectadas entre sí, algunas de ellas son capaces de atacar a los patógenos, y otras -que funcionan como líderes-, son capaces de guiar a sus compañeras. En paralelo todas liberan una gran variedad de sustancias que interfieren con los agresores, que piden refuerzos o que activan la inflamación. Pero lo más importante de todo es que nuestro sistema inmunológico es capaz de hacer frente a todas las formas posibles de patógenos, incluso si nunca los han visto.

Es importante destacar que algunas personas infectadas por el COVID-19 no reportan síntomas, o son muy leves, en parte porque la respuesta inmunitaria innata, genérica y rápida, es suficiente para contener al virus, pero no todos tienen la misma suerte. Otro aspecto por considerar es en qué grado de protección quedan las personas que estuvieron en contacto con el virus, y por cuánto tiempo. Este aspecto es sumamente importante para las diferentes vacunas que se están llevando a cabo para poder desarrollar una vacuna duradera, de ahí la importancia de los ensayos clínicos que se están realizando.

Otro aspecto interesante apareció la semana pasada reportado por la revista Science, donde científicos del Instituto de Inmunología de La Jolla, de California en Estados Unidos, reportan que los linfocitos T dotados de memoria pueden reconocer un antígeno introducido al cuerpo durante una infección o vacunación anterior, y que de la misma forma que generan una respuesta al catarro también son capaces de reconocen al COVID-19, por lo que se puede inferir que el catarro puede tener cierto papel protector y en cierta medida puede explicar el hecho de que algunas personas muestren síntomas más leves o moderados mientras que otros enferman de forma muy severa. Sin embargo, destacan que no se ha demostrado que las personas con linfocitos T de memoria, estén protegidas actualmente frente al COVID-19.

Finalmente, un tema que aún no queda de todo claro es por qué algunas personas son más susceptibles que otras. Los diferentes medios informan que las personas mayores son más sensibles y que la enfermedad puede ser más severa en ellos, sobre todo por la presencia de otras enfermedades. Sin embargo, aún hay muchos casos sin una explicación científica, cómo, por ejemplo, el hecho de que una gran cantidad de niños parecen ser especialmente inmunes, y que jóvenes sanos sufren síntomas muy serios a causa de esta enfermedad.

La ciencia y el COVID-19

La comunidad científica está realizando diversas investigaciones con el objetivo de rastrear el genoma y así poder detectar las diferentes variantes de genes, y poder identificar qué personas son más susceptibles. Otra dirección es el papel que pueden jugar los diferentes grupos sanguíneos. Entre los resultados más destacados se encuentra el que señala que el mayor marcador genético de susceptibilidad al COVID-19 es el cromosoma Y, particularmente, la susceptibilidad es dos veces mayor en hombres. Entre las causas, puede estar la mayor tendencia que tienen los varones a experimentar respuestas inflamatorias exacerbadas. Esto favorecería las tormentas de citoquinas, en las que el COVID-19 dispara una respuesta inmune dañina para el cuerpo y que puede ser letal.

Por último, científicos de la Universidad del Noroeste, en Estados Unidos, han descubierto un nuevo punto débil en la famosa proteína S o proteína de la espícula, la gran molécula a través de la cual este virus reconoce a las células humanas y se adentra en ellas. El hallazgo inaugura una nueva posible vía de tratamiento y ha sido publicado recientemente en la revista ACS Nano.

Por lo pronto, mientras no obtengamos una vacuna duradera, dormir bien, no estar estresado, tener una dieta variada, realizar un ejercicio moderado, evitar el alcohol en exceso, el tabaco y otras sustancias tóxicas mantienen en muy buen estado el sistema inmunitario; por el contrario, la ansiedad libera un inmunosupresor natural: el cortisol. Por ello, conviene controlar los hábitos y contrarrestar los efectos del confinamiento y la pandemia.

¿Cuál es la mayor preocupación hasta ahora? Que hallamos cumplido las normas de cuidado desde que se aplicaron medidas de protección y de alguna forma hayamos sido el escudo contra una mayor propagación del virus. O, por el contrario, que en la actualidad bajemos la guardia con el cambio de temporada y provoquemos unos niveles muy altos de transmisión comunitaria, muy difícil de controlar.

Tenemos que ser consciente de los riesgos. Lo malo no es ser susceptible al coronavirus, sino propagarlo. Es fundamental pensar de forma colectiva y no sólo en nosotros mismos. Finalmente, aquellos poco susceptibles al virus pueden ser más susceptibles a las consecuencias del impacto económico que está causando la pandemia. Pero no hay que olvidar que sin salud no hay economía.

Sobre el autor:

El doctor José Manuel Nieto Jalil (jnietoj@itesm.mx) es Director de Mecatrónica de la Escuela de Ingeniería y Ciencias en el Tecnológico de Monterrey, campus Sonora Norte.

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