Por Daniela Edith Sánchez Mejía
Ciencia Amateur

Hace algunos días cumplí los 18 años y por cuenta propia visité a un médico por primera vez en mi vida. La razón es que he tenido fiebre y debido a la pandemia del COVID-19 me encuentro muy asustada. Te preguntarás por qué nunca había asistido a un hospital, centro de salud o consultorio médico. La respuesta es simple, mis padres no creen en la medicina basada en evidencia científica. He sabido desde pequeña que no cuento con mi esquema de vacunación y gracias a la información científica que recibimos en este momento, ahora sé que la única manera de erradicar la pandemia causada por el SARS-CoV-2 será cuando contemos con una vacuna, pero independientemente de este virus, ahora soy realmente consciente de que vivo en un riesgo latente, porque además de tener la posibilidad de contraer esta infección como cualquier otra persona, yo soy totalmente vulnerable ante otras enfermedades que se pueden prevenir con ayuda de las vacunas.

Aproximadamente hace 21 años inició el movimiento antivacunas cuando se publicó en la revista indexada The Lancet una investigación “científica” en la cual se afirmaba que doce niños vacunados con la vacuna triple vírica (sarampión, paperas y rubéola), desarrollaron comportamientos autistas e inflamación intestinal grave. Desde entonces ha habido un constante resurgimiento de este movimiento, al cual mis padres erróneamente decidieron unirse. Yo soy el producto de dos personas que creen firmemente en las afirmaciones absurdas de algunos detractores.

En torno a la pandemia del COVID-19 se han creado también corrientes y especulaciones sin bases científicas en las que se habla de una pandemia falsa, de un virus que no existe, o que sólo afecta a ciertos grupos étnicos o sociales, entre muchas otras cosas. Posiblemente todos extrañamos nuestro estilo de vida antes de la llegada de esta pandemia, pero ¿si en este momento contáramos con una vacuna para el SARS-CoV-2 nos la aplicaríamos para volver a nuestra vida sin temor de perder no solo la salud, sino posiblemente la vida?

Para muchas personas es complicado hablar de vacunas, puesto que resulta complejo entender términos como anticuerpos, antígenos, etcétera. Sin embargo, lo más importante es aclarar que la inmunidad que proporcionan las vacunas es sinónimo de protección. Las vacunas permiten que las personas a quienes se les aplican desarrollen anticuerpos, que son proteínas específicas que neutralizan moléculas patógenas causantes de enfermedades para las cuales fueron diseñadas.

A pesar de que las vacunas han demostrado con evidencia científica tener eficacia para prevenir ciertas patologías, e incluso el mundo científico permanece en continua investigación para desarrollar innovadoras vacunas para combatir enfermedades devastadoras como la del COVID-19; se ha presentado a lo largo del tiempo una práctica en contra del bienestar social e individual, el rechazo a la inmunización (vacunación), por la radicalización de algunos grupos sociales.

El movimiento antivacuna

El primer antecedente se presentó en el siglo XIX cuando se aplicó por primera vez la vacuna contra la viruela y al presentarse efectos secundarios, se generó desconfianza. Posteriormente la investigación de Andrew Wakefield en 1998, de la relación entre la vacuna triple vírica y el autismo cobró aún más desconfianza en la población, a pesar de que poco tiempo después se desmintieron los resultados y los colaboradores de Wakefield se deslindaron del estudio. Tal como se afirma en una investigación reciente, “los movimientos antivacunas son tan antiguos como las propias vacunas”, éste tomó fuerza en los Estados Unidos y se ha propagado lentamente al resto del mundo, y México no es la excepción. Es cierto que un pequeño porcentaje de inmunizaciones pueden desencadenar reacciones adversas, siendo éstas en las que se han basado los detractores.

Los dos argumentos en los que los movimientos antivacunas basan sus críticas se relacionan con la seguridad de mantener la salud ante los posibles efectos secundarios y los hipotéticos bajos niveles de efectividad.

Un estudio publicado en mayo 2020 en la revista científica Nature señala que el movimiento antivacunas gana seguidores entre los internautas al discutir el posible efecto de la aun no existente vacuna para el COVID-19. En sus análisis y tomas de posición, estos grupos radicales se muestran contrarios a la evidencia científica disponible y a las opiniones de las sociedades científicas expertas en el tema. Así mismo, otro argumento utilizado, es que enfermedades como el sarampión, la difteria o la viruela han desaparecido por lo que ya no es necesario vacunarse. Sin embargo, un claro ejemplo para revertir este pensamiento es que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades en los Estados Unidos de América (CDC, por sus siglas en inglés), confirmaron 839 casos de sarampión alrededor del mundo durante los primeros meses del 2019.

Actualmente en México se vive una epidemia de sarampión, con 172 casos confirmados al 15 de mayo del año en curso, el 81% de ellos sin antecedente de vacuna.

Según un estudio reciente, se afirmó que el sarampión había sido eliminado en el año 2000. Sin embargo, existen múltiples causas que han desencadenado nuevamente este problema, entre ellas la falta de inmunización. Se ha demostrado que gracias a la vacunación y cuando hay suficientes personas vacunadas en la población, la protección alcanza a las personas no vacunadas (inmunidad de rebaño), pues los microorganismos encuentran muchas dificultades para propagarse, pero no debemos fiarnos de esto. ¿Qué pasaría si todos los padres actuaran como los míos?

Según un estudio del Hospital Infantil Federico Gómez, en México, es que lejos de lo que se podría pensar, la proporción de padres que optan por no vacunar a sus hijos es más alta en hogares que tienen un mayor poder adquisitivo; en cambio, en hogares con menores ingresos económicos, es menos común porque los padres aprovechan más las oportunidades de atención que el sistema de salud pública ofrece a sus hijos.

En el mismo estudio se afirma que antes de la introducción de los calendarios de vacunación en México y el mundo, las enfermedades infecciosas eran la causa principal de mortalidad infantil y las epidemias eran frecuentes. Hasta finales del siglo XX los niños podían infectarse de enfermedades graves, con múltiples secuelas y eventualmente mortales, que hoy son totalmente prevenibles. Por ejemplo, el número de casos y muertes atribuibles a la poliomielitis descendió drásticamente en 1963 al iniciarse la vacunación en México, y desde 1994 América quedó certificada como libre de poliovirus, seguida por la eliminación en la región del Pacífico Oeste en 2000 y en Europa en 2002.

Con esta evidencia científica y estadística es innegable el papel benéfico de las vacunas en el mundo, por lo que la mayoría de las asociaciones médicas y pediátricas recomiendan su uso como medio de prevención de enfermedades.

El reto del Sector Salud, sobre todo en este tiempo de pandemia, es informar mejor a la población acerca de las ventajas que tienen las vacunas.

En caso de que los padres de familia no quieran aplicarlas, es necesario, sin intervenir en su decisión, proporcionar información basada en evidencia científica acerca de los beneficios de realizar la inmunización, pero, sobre todo, de los riesgos de no aplicar las vacunas. Una propuesta que hace el Hospital Infantil Federico Gómez al personal de salud es dialogar con los padres de los menores sobre sus inquietudes acerca de cada una de las vacunas; reducir el dolor a la aplicación y explicar con detenimiento los beneficios contra los graves riesgos de no aplicar el esquema de vacunación mexicano.
Adicional a todo lo anterior, un estudio publicado en The New York Times el 18 de mayo de este año, hace una reflexión respecto al hecho de que a partir de la contingencia global, muchos padres han dejado de vacunar a sus hijos por temor de que al acudir al centro de salud u hospital puedan contraer el COVID-19; lo que empeora el panorama a la respuesta inmune generada a partir de las inmunizaciones, tal como se comenta en la misma publicación, “esto podría retrasarnos años en nuestro control de enfermedades prevenibles por vacunación, tanto en países de ingresos altos como bajos”.

“¡Ojalá hace 18 años mis padres hubiesen recibido información basada en evidencia científica!, sin embargo, el hubiera no existe”, mencionó mi mejor amiga.

Autora:

Daniela Edith Sánchez Mejía. Alumna de 4to. semestre de la Carrera de Médico Cirujano, Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud. Tecnológico de Monterrey, Campus Monterrey. Contacto: A01365669@itesm.mx

Asesor editorial:

Jesús Eduardo Elizondo Ochoa. Doctor en Biotecnología (Tecnológico de Monterrey), Doctor en Odontología, mención Doctor Internacional (UIC-Barcelona). Profesor-investigador de la Escuela de Ingeniería y Ciencias y de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (CONACyT). Contacto: je.elizondo@tec.mx

Para más información puedes consultar la siguiente liga:

Faz, G. (2020, abril 23). ¿Cómo será la vida después del COVID-19? Recuperado 26 de abril de 2020, de https://transferencia.tec.mx/2020/04/23/como-sera-la-vida-despues-del-covid-19/?fbclid=IwAR1MzYaMgcmd1tiK73dg-fAOVagNzJyg5UR-28hzrb_XjMLmtXFFYF1JI9M

Referencias:

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Subsecretaría de Prevención y Promoción de la Salud (2020). Casos de Sarampión en México: Casos confirmados al 15/05/2020, 20:00 Horas. Disponible en https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/552469/Tabla_resumen_casos_confirmados_sarampion_2020.05.15.pdf

 

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