Por Natalia Vargas Escobar
Artículo de Divulgación

¿Cuál es el sentido de hablar de diferenciaciones sociales como la desigualdad si efectivamente todos somos diferentes y particulares?, ¿cuál es la relevancia de discernir y analizar estas variaciones, que son en sí mismas comunes e innegables? El punto aquí no es sobre las distinciones en sí mismas, sino sobre el significado que se les atribuye. Lo crucial, entonces, es el paso a través del cual las diferencias son transformadas en desigualdades. De hecho, cuando se habla de desigualdades sociales como una expresión de variaciones naturales, se está echando mano de una ficción a la que se da estatus de verdad[1]. Sobre la construcción de estas ficciones quiero invitarlos a reflexionar a lo largo de estas líneas.

Entonces, ¿cómo distinguir una desigualdad de una diferencia? La respuesta tiene implícita la forma en que pueden abordarse los problemas sociales de distinción y estratificación social: la desigualdad es una diferencia que se considera injusta. Para abordar esta cuestión, se parte de identificar, admitir y superar las situaciones que caracterizan el orden social, y especialmente al lugar que se le da a los sujetos —a los grupos y colectividades— en ese entorno. La noción de justicia como criterio para distinguir una diferencia de una desigualdad implica que a la pregunta de por qué existen desigualdades en el mundo se responda primero a través de la ética -como ámbito filosófico- para luego abordarla a partir de la sociología. En breve, la desigualdad en el mundo existe porque a muchos se les ha negado la oportunidad de vivir sus vidas con dignidad.

Reconocer esta condición y su complejidad es prerrequisito para sociedades más justas. “Las desigualdades son creadas por los hombres y en esta medida pueden ser alteradas”.[2] Este argumento no es menor, es el punto de partida de los estudios sociológicos y filosóficos sobre la desigualdad humana. Esta es la cuestión de su artificialidad, es decir, de su condición creada o construida, no natural o dada.

En este punto, el reconocimiento de las condiciones históricas que soportan la estructura de desigualdades sociales dadas en un contexto específico, es la clave para activar un proceso en miras a la construcción colectiva de entornos dignos y relaciones justas.

Variaciones naturales & desigualdad social

Una reflexión relevante sobre las desigualdades sociales debe partir de una postura inclusiva que explique cómo, por ejemplo, las distinciones socialmente injustas que se hacen a partir del género, la etnia y la clase, operan y se profundizan simultáneamente.

Estos tres ejes comúnmente han sido examinados de manera independiente, por lo que lo ideal sería contar con una aproximación que los reconozca como categorías dinámicas e interrelacionadas, fundamentalmente porque las personas no experimentan la clase, la etnia o el género como categorías fijas. Sabemos que no es posible comprender la lógica de ninguna forma de estratificación social, de ninguna práctica de marginación cultural, o de cualquier tipo de desigualdad, sin apreciar la interpenetración profunda, compleja y entrelazada de etnia, clase y género.[3]

Desigualdad de clase

La trayectoria de la clase social como matriz de desigualdad puede rastrearse en dos fases: una estructuralista y una culturalista. En la fase estructuralista se asume que las clases son equivalentes a: esquemas de dotaciones (niveles educativos), condiciones de trabajo (autonomía) y modelos de retribuciones (ingreso). Estas categorías tienden a presentarse de manera conjunta, y a partir de ellas es posible distinguir, por ejemplo, una clase trabajadora campesina, de una clase de trabajadores fabriles.

En la fase culturalista se argumenta que las clases no son solamente conjuntos de condiciones estructurales, sino también agrupaciones socialmente cerradas en las cuales las culturas distintivas emergen e influencian actitudes, comportamientos e incluso preferencias de sus miembros. Esto implica que las culturas específicas de las clases sean una característica definitoria de los sistemas de desigualdad. Las principales formas de cierre, que sirven para generar culturas específicas de clase, son: la segregación residencial, la segregación educacional y la segregación laboral.

Desigualdad de género

Las formas de adscripción asociadas al género deben su prominencia a los roles vinculados con la vida familiar. La división del trabajo en las familias facilita las representaciones en que la mujer está especialmente preparada para la crianza y el apoyo emocional. El género es una definición tan familiar que comúnmente requiere de una disrupción evidente de las expectativas propias sobre el comportamiento que se espera de un hombre o una mujer para percibir la forma en que se construye y opera.

La organización social y la división del trabajo están fuertemente generizados, y a su vez las instituciones sociales más relevantes —familia, religión, leyes, educación— refuerzan y legitiman estas distinciones de género que ordenan la vida en comunidad. En este sentido, el género es un proceso que produce estatus sociales distinguibles para la asignación de derechos y deberes. Esta desigualdad se legitima como si fuese un resultado justo de la acción social. Esta dinámica termina por mantener supuestos sobre el mérito y la competitividad de ciertos grupos sobre otros (en este punto es posible pensar en las diferencias que en el mercado laboral existen entre hombre y mujeres, especialmente en las ocupaciones y cargos altos).

Mujeres en puestos directivos de la administración pública
Año Mujeres Hombres
2015 18,054 62,569
2014 29,611 54,531
2013 31,831 63,572
2012 27,528 62,936
2011 27,619 68,404
2010 31,980 74,659
Fuente: Inmujeres, “Mujeres en puestos directivos de la administración pública”, en Datos Abiertos, Inmujeres. Recuperado de https://datos.gob.mx/busca/dataset/estadisticas-de-mujeres/resource/573ddefd-8eb9-4509-b42b-0fdea6067a0c

 

Desigualdad étnica

La etnia, cuando se comprende como una categoría objetiva, se equipara a las diferenciaciones raciales concebidas como esencia. La etnia no es algo arraigado en la naturaleza, no es real en un sentido biológico, sino como categoría social con consecuencias sociales definidas. Así, aunque el concepto invoca características humanas aparentemente biológicas —los denominados fenotipos—, la selección de estas características humanas y el sentido que se les confiere es siempre y necesariamente un proceso social e histórico[4].

La discriminación tiene un rol central en la perpetuación de las desventajas asociadas con la matriz étnica. Consideremos como ejemplo un caso cercano a nuestra región:  en América latina uno de los ejes primarios de construcción de desigualdades perennes se remite a la condición colonial preminente antes de la conformación de los Estados Nacionales. Esta condición marcó una trayectoria de tipos y estereotipos con los cuales se organizaron la mayoría de nuestras sociedades. Especialmente el desprecio a la raíz indígena, su papel subsidiario en la historia oficial y fundacional de nuestras naciones y, por tanto, el relegamiento de su condición presente. La conquista y el subsiguiente orden colonial en nuestra región fue el germen de esta discriminación histórica de la población nativa americana.

Estas convenciones a través de las cuales se clasificó la sociedad colonial, sus grupos y sujetos, fueron perpetuadas posteriormente por las élites —comúnmente criollas y masculinas— que lideraron las independencias de nuestros países. Las instituciones primarias y los dispositivos de difusión de la historia oficial, tienden a enaltecer los valores del sujeto nacional personificado en la élite criolla, cuna de próceres y destacados patriotas[5]. El reconocimiento de otros tipos de agencia —especialmente la labor y diversidad de acciones de los pueblos indígenas en las coyunturas históricas de la independencia y las primeras repúblicas— no fueron incluidas en el registro histórico de nuestras naciones, y han sido, desde entonces, relegadas por su supuesta pasividad e invisibilizadas continuamente en un ejercicio recurrente de discriminación que se mantiene hasta nuestros días.

El reconocimiento como condición para la superación de las desigualdades

Desde la línea de investigación que trabajo, -en nuestra Escuela de Humanidades y Educación, del Tecnológico de Monterrey, y particularmente gracias al apoyo del Grupo de Investigación con Enfoque Estratégico en Ética y Estudios de Paz[6] y muy especialmente a la Catedra UNESCO en Ética, Cultura de Paz y Derechos Humanos[7]-,  proponemos que la posible superación de las desigualdades, y de los esquemas de injusticia social que las soportan, debe partir del reconocimiento. El reconocimiento, como prerrequisito para la proyección compartida de horizontes de coexistencia digna, requiere admitir las formas en que se refuerzan —y por esa vía la posibilidad de desmontar— las matrices de desigualdad. Si recordamos los ejemplos con los que ilustramos estas dinámicas veremos que los sistemas de estratificación están fuertemente racializados, generizados, y determinados por el clasismo. La forma en que se superponen los sistemas discriminatorios asegura su robustez, su complejización y continuidad en el tiempo, pero a su vez, la conciencia sobre estos procesos, supone alternativas de reconocimiento que viabilizan el camino hacia una redistribución de la justicia social. 

Referencias:

[1] André Beteille, “The Idea of Natural Inequality”, en The Idea of Natural Inequality and Other Essays. Nueva Delhi: Oxford University Press, 1983), 7-32.

[2] Therbon Göran, “Meaning, Mechanisms Patterns and Forces: An Introduction”, en Inequalities of the World. (Londres: Verso, 2006), 1-59.

[3] Michael Omi y Howard Winant, “Racial Formation in the United States”, en D. B. Grusky y J. Hill, Inequality in the 21st Century: A Reader(Boulder: Westview Press, 2017). 276-282.

[4] Ibid.

[5] Vivian Natalia Vargas. La imagen de Nación que se construye y refuerza en la sala “Emancipación y República 1810-1830” del Museo Nacional de Colombia (Bogotá: Uniandes, 2004).

[6] Más detalles sobre nuestro grupo de investigación en: https://tec.mx/es/investigacion/donde-se-realiza-la-investigacion/etica-y-estudios-de-la-paz

[7] Sobre la Cátedra UNESCO, ver: https://www.cecupa.org

_______________________

Ficha del autor:

Natalia Vargas Escobar (nataliave@tec.mx) es coordinadora de Investigación de la Escuela de Humanidades y Educación del Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Especialista en sociología histórica del desarrollo; esquemas de injusticia y desigualdad en América Latina; formación de Estado y construcción de Nación. Es profesora de diseño de investigación en Ciencias Sociales y Humanidades en el Doctorado de Estudios Humanísticos del Tecnológico de Monterrey; y profesora de Historiografía del siglo XX, en la Maestría de Estudios Humanísticos del Tecnológico de Monterrey. Miembro del GIEE en Ética y Estudios de Paz. Miembro de la Catedra Unesco en Ética, Cultura de Paz y Derechos Humanos.
orcid.org/0000-0003-0049-1850

Para saber más:

Vargas Escobar, N. (2018). “Desigualdades múltiples y construcción de paz: de la injusticia al reconocimiento” En: García González, D.E. Matrices de Paz. Bonilla Y Artigas. México. 211-223… La liga donde puede encontrarse el libro completo -y por tanto el mencionado capítulo de mi autoría-, es: https://www.cecupa.org/matrices-de-paz

DEJA UN COMENTARIO

Por favor agrega un comentario!
Favor de ingresar tu nombre